Algunas apostillas iniciáticas sobre el Martín Fierro

La cultura es un fenómeno propio de toda actividad humana, acompañó al hombre desde su génesis como especie y ambos se mantuvieron en constante evolución, retroalimentándose mutuamente.  La masonería como organización humana también fue producto de una coyuntura cultural y, a la vez, con sus particularidades y objetivos generó expresiones en tal sentido que empleó para transmitir sus valores y enseñanzas.

Entre muchas disciplinas, podemos destacar a la literatura, empleada por cientos de hermanos a lo largo de la historia para transmitir el mensaje de la orden a sus integrantes y también al mundo profano. Claro ejemplo de esto lo constituye la célebre obra “Martin Fierro”, de José Hernández, iniciado masón el 28 de agosto de 1865 en la logia Asilo del Litoral, de la ciudad de Paraná.

La representación del damero y el contraste que éste representa se pueden advertir en el juego que hace el autor respecto a ideas como el feminismo y el racismo.

Sobre las mujeres dice Fierro: “Quien es de un alma tan dura que no quiera una mujer! Lo alivia en su padecer: si no sale calavera es la mejor compañera que el hombre puede tener.”

En contraste Vizcacha afirma: “Es un bicho la mujer que yo aquí no la destapo, siempre quiere al hombre guapo; mas fijáte en la elección, porque tiene el corazón como barriga de sapo.”

Sobre los hombres de raza negra, Fierro expresa: “A los blancos hizo Dios, a los mulatos San Pedro, a los negros hizo el diablo para tizón del infierno”. Pero también Hernández, le da voz a los negros y la posibilidad de reivindicarse,  a través de  un payador de  negro,  instruido y con capacidad de elaborar respuestas a preguntas metafísicas  con las que su contrincante Fierro lo increpa.

Dijo el moreno: “yo también tengo algo blanco, pus tengo blancos los dientes; se vivir entre las gentes sin que me tengan en menos: quien anda en pagos ajenos debe ser manso y prudente”, y en otro pasaje -muy interesante- afirma, “yo sé lo que hay en la tierra en llegado al mismo centro; en donde se encuentra el oro, en donde se encuentra el fierro “…

Otra mirada sobre la obra, podemos dirigirla atendiendo a la evolución experimentada por “Martin Fierro”. Este era un hombre de familia, manso  y trabajador, a quien por su ingenuidad y las injusticias de la vida lo arrojaron a la infernal vida de frontera de la segunda mitad del siglo XIX. Allí sufrió toda clase de tormentos e injusticas de las cuales solo pudo escapar huyendo como desertor.

“Volví al cabo de tres años de tanto sufrir al ñudo resertor, pobre y desnudo, a procurar suerte nueva; y los mesmo que el peludo enderecé pa’ mi cueva”.

“No hallé ni rastro del rancho: ¡solo estaba la tapera! ¡Por Cristo si aquello era pa enlutar el corazón! ¡Yo juré en aquella ocasión ser más malo que una fiera! “

Y así sucedió, Fierro se transformó con las injusticias de la vida en un personaje renegado que cometió asesinatos y terminó huyendo de la civilización para evitar caer en manos de la justicia. Decidió partir a las tolderías indígenas, respecto las cuales refiere:

“Yo sé que allá los caciques amparan a los cristianos, y que lo tratan de ‘hermanos’ cuando se van por su gusto…”.

Los indios impusieron duras pruebas a Fierro y su compañero Cruz para recibirlos en la toldería, pero finalmente los aceptaron y pudieron permanecer en paz entre ellos.

“El tiempo sigue su giro y nosotros, solitarios; de los indios sanguinarios no teníamos qué esperar; el que nos salvó al llegar era el más hospitalario”. “Mostró noble corazón, cristiano anhelaba ser; la justicia es un deber, y sus méritos no callo: nos regaló unos caballos y a veces nos vino a ver”.

Fierro permaneció cinco años en la toldería, luego de los cuales regresó, sabio y prudente, reunió a sus dos hijos y al de su amigo Cruz, hablaron entre ellos y les impartió sus célebres concejos, de entre los cuales me interesa muy especialmente el que refiere:

“Es el pobre en su horfandá de la fortuna el desecho, porque naides toma a pecho el defender a su raza; debe el gaucho tener casa, Escuela, Iglesia y derechos”.

Más allá de los ocasionales simbolismos o guiños internos para una observación perspicaz, los más rico y acaso verdaderamente masónico del texto está en la superficie, sin encriptar bajo el velo de alegorías: la trayectoria vital de un personaje que fue arrojado a la lucha en un mundo injusto, una piedra bruta en un mundo bruto. Fierro recoge una experiencia de vida que lo transforma en un hombre sabio, una piedra pulida capaz de dar consejos a sus hijos. “Los hermanos sean unidos” es algo que podemos comprender los masones y los profanos.  Los consejos de Fierro son una serie de indicaciones para rectificarse, para dejar de ser un “gaucho matrero” e insertarse en la sociedad como alguien noble, útil y respetuoso.

Finalmente, el libro termina en el canto número 33 en cuyo inicio dice:

“Después a los cuatro vientos los cuatro se dirigieron; una promesa se hicieron que todos debían cumplir; mas no la puedo decir pues secreto prometieron.”

Tal es la riqueza de esta pieza literaria en cuanto a su contenido masónico, que me arriesgo a afirmar que constituye una suerte de catecismo dirigido a trasmitir los valores de la Orden a los sectores populares rurales. Basta realizar una atenta lectura con mirada masónica para advertir multiplicidad de palabras e ideas claves para nuestra Orden referidas a: la virtud, la prudencia, el empleo recurrente del número tres, la idea de un dios, el valor de la hermandad, la importancia del razonamiento, la justicia, la perfección, la alfabetización y la buena conversación, por solo citar algunos.

Es momento, atento lector, de que repensemos esta obra esencial de nuestro país y la arrojemos sobre ella una nueva luz. Acaso descubramos que teníamos un camino iniciático ahí donde menos lo pensábamos, cerquita del pago y en medio del fogón.

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