POST-VERDAD: ¿LA ÚNICA VERDAD ES LA REALIDAD?

Desde los falsos mensajes en la Roma imperial, pasando por las tácticas de poder descritas por Nicolás de Maquiavelo, las célebres técnicas propagandísticas de Goebbels en Alemania, y la guerra de espionaje y contraespionaje de la Guerra Fría -entre la CIA estadounidense y la KGB del régimen soviético-, la divulgación de noticias falsas para despistar al enemigo y el engaño a la población para mantener bajo control la opinión pública han formado parte de la lucha por el poder, y tanto sus víctimas como sus victimarios han admitido su existencia. Entonces, ¿por qué razón se subraya recién en estos días la supuesta primicia de la “Post-Verdad”?

El término admite múltiples explicaciones, pero no podría existir sin el fenómeno de las redes sociales. En una sociedad que ha desregulado la difusión de la información, y en plataformas donde los célebres algoritmos nos permiten reforzar nuestras opiniones y filtrar toda información que las contradice. Aquí es donde entran en acción los “operadores”, que pueden trabajar ya sea con la exageración o distorsión de datos reales, la difusión de datos falsos –pero creíbles debido al preconcepto ya instalado en los receptores- y, en casos extremos, la difusión de teorías conspirativas cuya veracidad importa menos que su utilización para reforzar prejuicios, recelos o el simple odio hacia aquellos que están del otro lado de la famosa “grieta”. Ocurre que el blanco de la posverdad no es la racionalidad del sujeto, sino sus sentimientos confesos u ocultos.

Desde que era un candidato a la presidencia, Donald Trump ha sabido alimentar este monstruo, con su ataque decidido y desprejuiciado a los medios de comunicación tradicionales. Pero también es claro que la ex candidata Hillary Clinton y el último presidente demócrata, Barack Obama, no han sido reticentes al utilizar la llamada Big Data para sus respectivas campañas.

Pero el paradigma es global, y nuestro país no está exento de su correspondiente hoguera de pos verdades. A los “relatos” que cada facción inventa para desacreditar a su rival -al mejor estilo de los trolls para campañas sucias, del manual de Durán Barba o del periodismo militante a lo 678-, se le superponen carpetazos a uno u otro lado de la “grieta”, que, en el mar de mensajes que ametralla a los consumidores de noticias, van más allá de poner en duda la honestidad de los contendientes y terminan desacreditando la idea misma de imparcialidad informativa.

Y lo peor: queda herida de muerte la confianza, moneda de cambio esencial para una convivencia armónica entre los ciudadanos. Como sugiere la célebre frase de Mark Twain, en estos casos resulta imposible volver atrás y curar las heridas una vez que el engaño ha entrado en circulación: “es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada”.

escribe FERNANDO LEON
Julio 11, 2017

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