EL GRAN ARQUITECTO DEL UNIVERSO (G.A.D.U.)

PRIMERA REFLEXION:

La invocación al G.A.D.U. de la Masonería pretende aunar razón y espíritu, no desligando la una del otro, sino complementándolos; razón y espíritu conviven en una comunión armónica que no desdeña ninguna dimensión de la persona; toma al ser humano como un todo inseparable de su razón e inseparable de su espíritu.
Desde los primeros pensadores griegos hasta nuestros días, el racionalismo ha estado, con diversos matices, presente en la Historia del Pensamiento humano. Este racionalismo lleva a considerar, en el sentido más amplio, la razón como la capacidad de entendimiento, de poder conocer las cosas, que posee el ser humano.
Esta capacidad de conocimiento es su especificidad, lo que lo diferencia del resto de las criaturas que pueblan el Universo.
Pero también, a lo largo de la Historia de la Humanidad, la espiritualidad ha estado presente en la vida de las personas. La espiritualidad no entendida como religiosidad, que no deja de ser una canalización de ésta, una construcción social y cultural que, además, es vehículo de dominio, poder y control sobre las fuerzas sociales que se generan en las sociedades humanas, sino la espiritualidad concebida como esa sensación de trascendencia de lo material, de la vida y de la muerte; esa experiencia de estados superiores de la conciencia, inefables y determinantes en la vida de quienes los viven; ese “otro algo” que todos sentimos y que la ciencia localiza en el sistema límbico de nuestro cerebro.
En el símbolo del GADU se aúnan ambos sentidos. Alude a un máximo, por Gran; alude a un principio activo que proyecta una realidad, que la diseña para luego construirse, por Arquitecto; alude a la realidad que nos rodea en toda su infinitud y dimensiones, por Universo. Cada término con mil matices y dimensiones.
Gran Arquitecto del Universo
Esta invocación que no se identifica con ningún ser, concreto o ideal, es un término abierto al conocimiento y a la sensibilidad de quien lo nombra, lo siente, lo piensa o lo vive; abierto a cada individualidad que lo contempla resplandeciente en el Oriente, donde se inicia el día y, con la luz, la vida y la realidad. El mundo.
Perfectamente puede ser Dios, como señor de la creación y adorado por distintas religiones; o puede ser pura energía conformadora del orden; o puede ser una forma de nombrar la ignorancia humana sobre la formación y la existencia del Universo y de la humanidad misma; o puede ser pura evolución natural; o puede ser…
No obliga a creer en nada que no veamos, que no entendamos, que no pensemos; ni obliga al acto de fe, que o bien es otorgada y, por tanto, ajena a nuestra voluntad; o bien es buscada y alimentada conscientemente sin seguridad de alcanzarla. Pero tampoco cierra la puerta a que creamos o a que tengamos fe. No dice nada sobre ello.

El GADU es racional porque llama a la reflexión; nos hace interrogarnos, a cada uno individualmente, sobre su significado; nos hace preguntarnos qué es, qué encierra, que nos explica. En definitiva, nos lanza al camino del pensamiento, de la investigación y el conocimiento sobre su existencia y sobre la nuestra, nos muestra
la senda de desentrañar lo que esconde desde la razón.
Pero el GADU también es espiritualidad. Nos induce a reconocer la sensación de trascendernos a nosotros mismos en él; con él, parte la tradición y nosotros la mantenemos viva para quienes vienen tras nosotros. Nos hace cuestionarnos nuestra existencia y cómo vivir una buena vida. Nos muestra lo material y “lo que
hay detrás de las apariencias”.
En definitiva, el GADU nos hace cuestionarnos desde la razón y desde el espíritu nuestra existencia, el sentido de nuestro ser y de nuestro estar; nos hace partícipes de la “creación” puesto que el Universo es un proyecto de orden en el caos, una obra inacabada a la que tenemos que contribuir con nuestro esfuerzo. Nos invita a
la reflexión desde nuestro interior y desde nuestro exterior, desde nuestro espíritu y desde nuestra materia, al papel que los seres humanos desarrollamos en la existencia de la Vida.
El GADU es el universal que todo lo engloba, pues en él tienen cabida todas las tradiciones religioso-filosóficas ya que puede absorber las características de sus principios; no los contradice porque es abierto, al contrario que ellas, cerradas y conclusas.
Y también el GADU es el universal racional, que despojado de la visión espiritual de los individuos atrae al conocimiento de la realidad, a la reflexión de lo que acontece, para conocer el mundo y así continuar la obra inacabada.
En definitiva, el GADU es el universal del pensamiento y sentimiento profundos que comparte la Humanidad, todas las culturas, todas las tradiciones, toda la espiritual creada por las distintas agrupaciones humanas, desde las tribus
paleolíticas hasta la sociedad global (?) actual. Nos interroga desde nuestro sentir más profundo y desde nuestra capacidad de conocimiento más elevada y científica.
Es el referente universal que nos mantiene conscientes de la trascendencia de la
Vida, no sólo de la persona, del individuo, del grupo, sino de la existencia de todo ser.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *