La masonería, pasado y presente.

     En la Europa de finales Edad media, se respiraba un ambiente de extrema intolerancia, violencia y fanatismo religioso. Las guerras de religión habían flagelado al Viejo Continente; católicos y protestantes se exterminaban mutuamente.

    Aún desatados el sectarismo y el fanatismo, las constituciones masónicas de 1723 propusieron una nueva “Religión sobre la cual, todos los hombres concuerdan, dejando a cada uno sus propias opiniones”. Así los talleres masónicos se constituyeron en un asilo para hombres de diversas creencias, nacionalidades y opiniones. Las logias se convirtieron en el espacio donde conciliar una sincera fraternidad entre personas que sin este medio jamás se hubieran conocido. El trabajo masónico proponía una misión precisa: forjar una nueva ética universal, una moral laica fundada en la libertad de conciencia y en las virtudes sociales. Para reconfigurar las emociones individuales, estructuradas por la herencia de décadas de violencia, intolerancia y fanatismo. Esta reeducación sentimental pasaba por el aprendizaje de nuevas virtudes sociales: la etiqueta masónica prohibía, bajo sanciones disciplinarias, usar palabras groseras, interrumpir a los demás, o ser irrespetuoso. Para ello utilizaba un método y un ritual. Antes de hablar, era preciso aprender a escuchar y aceptar la polifonía, la contradicción y la diversidad.

    Por entonces florecieron diferentes espacios de reunión similares a las logias masónicas, pero estas se distinguieron del resto por su carácter iniciático y el empleo del símbolo como medio didáctico para el aprendizaje. Estos elementos hicieron de la masonería un espacio características especiales y dinámica propia.  El símbolo no es obvio, sino que se lo tiene que descubrir, estudiar, interpretar; a la vez es polisémico dado que admite varios tipos de lecturas y además tiene connotaciones que evocan cuestiones estéticas, emocionales e intuitivas.

     Estos símbolos se encuentran distribuidos en las logias. En ellas ingresamos a un ámbito ceremonial que debemos internalizar para acceder al verdadero estado de masón. Esta condición nos induce a pensar e interrogarnos sobre los misterios de la vida, los trasfondos de la mente y la conducta del hombre a través de los tiempos. Todo esto lo realizamos en una “tenida”. La palabra proviene del latín “tenere” y representa la aparición de una realidad ritual que necesita de compromiso y disciplina. Elementos fundamentales que mantuvieron firme a la masonería a través de los siglos.

      Pero el trabajo no es simple, a diario los masones debemos examinar nuestras conductas para verificar si cumplimos con nuestras responsabilidades. La primera y más difícil es ante nosotros mismos, la de conocernos a fondo; para ello tenemos que examinar nuestro yo interno a fin de comprobar si nuestros actos se ajustan al estado masónico que ostentamos; tenemos que preguntarnos si nuestras conductas masónicas están dirigidas al bien general de la orden y de la sociedad en que vivimos o si, por el contrario, debemos rectificar nuestra conducta.

    Otra responsabilidad es la que asumimos ante nuestros hermanos. Frente a ellos debemos poner toda la inteligencia, serenidad y tacto que hayamos asimilado mediante la educación masónica, para así lograr captar su mirada fraterna, sin la cual no podríamos pulir nuestras aristas. Por ello, no debemos olvidar que, a pesar de las sucesivas exaltaciones a grados superiores, siempre seguimos siendo aprendices. A fin de asegurar la efectividad del trabajo masónico, la integridad física y espiritual de nuestros hermanos y de la orden toda, resulta fundamental respetar el juramento de guardar en secreto todo lo acontecido en nuestros talleres.

   El espíritu de la masonería debe ser apreciado en la profundidad de las palabras, en el silencio del ámbito al que asistimos, en las preguntas y respuestas que nos hacemos, en la internalización que cada uno hace del ritual. De allí que nuestras tenidas sean siempre distintas, porque distinto es nuestro pensamiento que crea nuevos espacios de conocimiento.

    Vivimos en un mundo convulsionado en el que se están perdiendo el hábito de reflexión y la serenidad necesaria para evaluar las cosas; ahora todo es transitorio y flexible. Día a día comprobamos que los generadores de opinión pública exacerban los ánimos tanto en los medios de comunicación como en las redes sociales; “trolls”, “influencers” y “youtubers” profundizan una grieta en la que todos estamos “crispados”, predispuestos al insulto y al borde de la agresión física misma. La irracionalidad y el fanatismo parecen haber regresado y se manifiestan en la intolerancia política y religiosa. Frente esta realidad, la masonería vuelve a cumplir el rol fundamental que se propuso en el lejano siglo XVIII: defender la integridad humana; quitar la mirada de las cosas banales para centrarla en los valores de la buena sociedad; permitir que el masón ejerza la soberanía de su libertad interior para acabar con una visión dogmática de la realidad. Hoy más que nunca es necesario que el masón “rectifique” su interior, que “pula su piedra bruta” para contribuir a una sociedad más justa y pacífica.

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