La Virtud

En días donde el mundo parece un poco más roto que de costumbre, nos es imprescindible tomar el timón y dirigir nuestra vida hacia dónde realmente debe ir. Claramente esto no es fácil, no existe nada ni nadie que realice este trabajo por nosotros, ni siquiera la masonería. Pero sería mentira decir que esta última no nos ofrece las herramientas y las luces necesarias para emprender ese arduo camino de una manera noble y digna.

La vida para un masón es, necesariamente, un campo de batalla. Constantemente nos enfrentamos a todo tipo de vicisitudes y muchas veces solemos enfrentarnos a la peor versión de nosotros mismos. En reiteradas ocasiones solemos hablar sobre la tarea que atañe a “lograr nuestra mejor versión”, pero para ello es necesario hablar de nuestra peor versión, esa que a veces se nos escapa sin que nos demos cuenta. Uno debe conocer a los demonios que debe enfrentar para atacarlos de la manera correcta.

Ahora bien, una vez que el hombre identifica estos puntos para luego combatirlos, podemos decir que aquí comienza a transitar el camino de la virtud. Para ello la orden dota al individuo con las herramientas necesarias y es oportuno hablar de ellas. Sobre todo para renovar nuestras fuerzas; para reforzar la cadena en días donde el hastío nos tiende trampas cada tres pasos.

Parece ser que este es un año en el que la vida nos puso una situación para que ejercitemos, casi a la fuerza, las virtudes cardinales de las que hablaba Platón, sobre todo la fortaleza y la templanza (aclarando que no existe virtud posible si una de las cuatro está ausente o si no se encuentra en presente en su justo medio).

Resulta propicio entonces, recordar que estas virtudes (la fortaleza, la prudencia, la templanza y la justicia) están presentes en cada uno de nosotros. Que el desaliento y el desasosiego no nos hagan olvidar de esto; que de las situaciones adversas bien aprovechadas, tenemos la oportunidad de sacar a relucir las habilidades y capacidades adquiridas mediante el uso de la razón y la reflexión. La pandemia, al igual que todo en la vida, pasará. Depende de nosotros y de nadie más salir de ella más fortalecidos, más templados, más prudentes y más justos.

Lejos de intentar caer en un artículo con aires de autoayuda, venimos a reivindicar que la masonería ha dado siempre las herramientas y la voz consejera a los hombres para que sus vidas sean más virtuosas a pesar de las piedras en el camino. En nosotros, sus miembros, está entonces la responsabilidad de hacer uso de ellas, de encontrar siempre el justo medio y de no caer en las tentaciones de la debilidad, las imprudencias e injusticias que el mundo profano nos propone día tras día.

Más adelante siempre existirá un mundo mejor, pero es nuestra responsabilidad hacernos cargo de la parte que nos toca; y buscar, a través del hábito y la reflexión, que la virtud se cristalice en nuestros corazones. La virtud debe ser entendida como una especie de armonía en tensión constante, tensión que se hace inevitable por el devenir de la vida. Es una energía moral por la cual adopta el hombre la práctica habitual del bien, del deber y de la justicia.

Se ha dicho que actualmente el hombre aspira a dominarlo todo, pero olvida la parte más importante, que es la de dominarse a sí mismo. No le basta al hombre para vivir una vida digna de su destino y naturaleza con conocer la verdad. Debe dar el ejemplo con su manera de actuar y claramente este obrar -presidido por la verdad y dirigido a brindar testimonio de ella- sólo se realizará a través de la virtud y de la vida virtuosa.

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